Evidencias son, mi amada Nereida,
mis torpes fracasos con el amor,
batallas ganadas, guerras perdidas,
realidades son.
De palpitar se está cansando ya,
resquebrajado por tanto dolor
—derrocado, destruido, abandonado—,
mi exhausto corazón.
Presiento que está llegando el momento,
de aceptar mi triste desolación,
¡con qué precio me factura la vida,
tan lamentable error!
Ya no estoy en condiciones de amar,
si tengo hipotecado hasta el amor,
no permitas que tus ojos me miren,
no lo hagas, por favor.