Arriba de la ciudad de Toledo,
donde ya por fin la vista descansa,
entre angostas callejuelas había
un bar llamado Plaza.
Dieciséis mesas repletas había
de toda sensación, color y patria,
unos bien comían, otros reían,
otros se levantaban.
Un viejo tocaba el acordeón,
una niña sonreía con gracia,
veíase a un pequeño gorrión,
en pos de las migajas.
Una mesa instalada en el rincón,
en ella un hombre de crecida barba,
veíase rodar por su mejilla…
una perdida lágrima.