Al compás de las ráfagas del día,
mi niña se mecía por las calles,
y hasta prendidos de ella se quedaban,
los átomos del aire.
Con los párpados cerrados, mi niña,
con la gracia del paso, de su talle,
con sus revueltos cabellos, ella era,
auténtica obra de arte.
¡Quién hubiera sido orilla, quién piedra,
quién acera, quién brisa de la tarde,
quién el punto de mira de sus ojos,
sólo por un instante!
Aún hoy la contemplo sorprendido,
todavía me fascina su imagen,
parece que ni el tiempo ha transcurrido:
« ¡Yo la quiero, como antes!».