Se han amontonado los años
unos de otros en pos,
con la inercia de las noches y los días,
con la fuerza y el orgullo, la energía,
con el ácido y el azúcar,
la memoria siempre activa,
las distancias ínfimas.
Soñando con la hojarasca y el verano,
con los montes, las veredas,
las playas solitarias,
los ríos y las dunas,
yo me he pasado la vida
soñando siempre soñando…
pero sin ti.
Hoy que han pasado ya tropecientos
—según se miren— breves o largos años,
yo me asomo a tu ventana,
tímidamente,
como el amante inexperto,
otra vez un hermoso diecinueve
que ya se escurre entre los dedos.
Y agazapado entre la hiedra
que a la tarde se torna tan sombría,
te pregunto:
¿Cómo te ha ido la vida?,
¿eres feliz?—mientras la noche
avanza lenta e inexorablemente.
La oscuridad se hace silencio,
la luna se ha escondido,
la escarcha es hielo.
—¿Quién unió la tarde a la mañana?—
pregunta una voz tal vez humana,
a la que yo respondo divagando—:
—Todavía te quiero.