Llegaste al fin, dorado atardecer,
como esmeralda verde de mi Asturias,
como el otoño azul de “mi tacita”,
como la esperanza última.
Llegaste al fin como regaló póstumo,
alejando de mí las aguas turbias,
marcando el ritmo, generando vida,
componiendo la música.
Como extraña visión fantasmagórica,
llegaste a mí, como la flecha súbita,
tocando mi alma, sanando mi herida,
como el agua de lluvia…,
refrescándome, rompiendo el cemento,
desnudándome, rasgando mi túnica,
recordándome, quién fue la primera,
quién será, por fin, la única.